El malestar social atraviesa fronteras y sacude tanto a las democracias desarrolladas del Viejo Continente como a los gobiernos de Sudamérica, configurando un escenario de inestabilidad política que desafía a los liderazgos tradicionales. Las recientes movilizaciones estudiantiles en Francia, las masivas protestas por el colapso del mercado inmobiliario en España y el contundente avance electoral del bolsonarismo en Brasil exponen una misma corriente de fondo: el agotamiento de un modelo de progreso que ya no logra contener las expectativas de las clases trabajadoras y medias.
La crisis de la vivienda y el colapso del contrato social europeo
En Europa, el malestar económico arrastra las secuelas de la pandemia y las consecuencias geopolíticas de la guerra en Ucrania, pero encuentra su expresión más tangible en la emergencia habitacional. El caso emblemático del desalojo de una mujer de edad avanzada en Madrid desató un ciclo de protestas que puso contra las cuerdas al gobierno de Pedro Socialista, obligado a maniobrar en el Congreso en medio de una tormenta política y judicial. La incapacidad de los Estados para garantizar el acceso a la vivienda, con alquileres que duplican o triplican los ingresos promedio en las grandes capitales, alimenta un descontento que la centroderecha y las expresiones extremas saben capitalizar con eficacia.
Este fenómeno no hace más que erosionar la base de sustentación de los oficialismos. En Francia, el presidente Emmanuel Macron enfrenta un desgaste acelerado mientras la ultraderecha de Marine Le Pen capitaliza el descontento de una población que percibe la degradación de los servicios públicos, la educación y el poder adquisitivo. Los Estados benefactores europeos, aunque más robustos que los latinoamericanos, muestran fisuras estructurales frente a la competencia productiva asiática y la contracción de los ingresos reales.
El péndulo sudamericano y el castigo a los oficialismos
Si en el hemisferio norte la consigna es la pérdida de asequibilidad y el temor de los jóvenes a vivir peor que sus padres, en Sudamérica la realidad está marcada por la informalidad laboral, la precariedad de los servicios públicos y la insuficiencia de los ingresos. El reciente proceso electoral en Brasil, donde Luiz Inácio Lula da Silva enfrenta una dura resistencia frente al empuje de la derecha radical, demuestra que las políticas distributivas del pasado ya no alcanzan para neutralizar el descontento cuando la economía entra en un estancamiento prolongado.
El fenómeno responde a una promesa incumplida de desarrollo continuo. Con infraestructuras colapsadas, transportes deficientes y sistemas educativos y sanitarios en retroceso, los electorados de la región parecen optar por un voto castigo constante, basculando entre opciones de distinto signo político en busca de respuestas que los sucesivos gobiernos no logran materializar. La Argentina, inmersa en sus propias tensiones monetarias y estructurales que propiciaron el ascenso de Javier Milei, no escapa a esta dinámica de inestabilidad sistémica.
En definitiva, tanto el rebrote de las protestas europeas como el giro conservador en el cono sur revelan una profunda crisis de representación. La irritación difusa de las sociedades ya no responde únicamente a coyunturas económicas adversas, sino a la percepción de que el modelo de movilidad social ascendente se ha interrumpido de manera definitiva, abriendo un interrogante inmenso sobre la estabilidad institucional de cara a los próximos años.




