La despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina no solo significó el cierre de un ciclo deportivo inigualable, sino que también desnudó la fragilidad política de la gestión en la AFA. Mientras los ojos del mundo estaban puestos en la figura del astro rosarino, Claudio Tapia enfrentó una hostilidad que no logró ocultar. Por primera vez, los insultos bajaron desde los cuatro costados del estadio Monumental, un fenómeno que dejó en evidencia el desgaste acumulado de un dirigente que, hasta hace poco, encontraba en el éxito del equipo nacional un escudo protector que hoy parece haber perdido su efecto.
La reprobación comenzó mucho antes del pitazo inicial, cuando el estadio aún se poblaban. Incluso, el presidente de la entidad madre del fútbol argentino optó por mantenerse alejado del campo de juego para evitar la exposición pública, una decisión inusual para quien suele ser protagonista habitual en los actos protocolares. La estrategia de control de daños se profundizó durante el cierre del evento: mientras los homenajes estaban previstos originalmente para el círculo central, la entrega de plaquetas y distinciones se trasladó a un sector privado, lejos de la mirada del público, entre cintas de correr y bicicletas fijas, en un intento desesperado por evitar que la figura de Tapia fuera blanco directo de un griterío que, a esa altura, ya resultaba imposible de contener.
Un modelo de gestión bajo la lupa del hincha
El malestar de los fanáticos no parece ser un hecho aislado, sino la consecuencia de una serie de decisiones controvertidas que han fracturado la relación entre la dirigencia y la gente. La proliferación de torneos con una cantidad excesiva de equipos, las modificaciones constantes en los reglamentos sobre la marcha y las recurrentes sospechas sobre la transparencia de los arbitrajes han forjado un descontento que ahora se canaliza en los estadios. A esto se suma el alto costo de las entradas y un evento de despedida que, para muchos asistentes, estuvo a años luz de la jerarquía que demandaba la trayectoria de Messi.
La tensión se hizo notar con especial intensidad cuando, a través de una coreografía de drones en el cielo nocturno, se proyectó el nombre de un patrocinador oficial de la casa madre del fútbol. La reacción de las tribunas fue instantánea y contundente, eclipsando cualquier mensaje publicitario. Este episodio, sumado al antecedente del recital de Andrés Calamaro y el clima adverso en la Bombonera durante marzo de 2026, refleja que el malestar ha dejado de ser un murmullo de redes sociales para convertirse en un fenómeno de presencia física en las canchas.
Con la salida definitiva de Messi de la Selección, la estructura de poder en la AFA entra en una etapa de transición crítica. El escudo que representaba el capitán ya no estará para desviar las críticas. Desde la cúpula dirigencial intentan justificar el rechazo argumentando una supuesta orquestación política, pero la realidad del estadio sugiere algo distinto: el hartazgo de una afición que reclama mayor coherencia en el fútbol doméstico. Mientras el seleccionado busca nuevos horizontes deportivos, el tiempo dirá si la dirigencia podrá recomponer su imagen o si el Monumental fue el preludio de un proceso de erosión definitiva en el mando de Tapia.




