La consulta psicológica cotidiana expone una constante que atraviesa historias de violencia y vulnerabilidad: la persistencia de la culpa en quienes han padecido agresiones. Más allá del hecho traumático puntual, el interrogante sobre las razones de lo ocurrido suele derivar en un cuestionamiento propio. La pregunta sobre por qué no se advirtió la situación a tiempo o por qué no se finalizó el vínculo con anterioridad evidencia un mecanismo defensivo frente al desamparo.
Desde la perspectiva de la salud mental, esta autoimputación funciona muchas veces como una ilusión de dominio. Aceptar que un tercero tiene la capacidad de causar daño de manera imprevisible resulta altamente angustiante, por lo que adjudicarse una cuota de responsabilidad permite sostener la fantasía de que el hecho podría haberse evitado mediante una acción diferente.
La distancia entre el daño y la identidad subjetiva
Los profesionales del área subrayan la necesidad de distinguir entre la experiencia de haber atravesado un hecho de violencia y la conversión de esa vivencia en una identidad permanente. Poder historizar el proceso resulta indispensable para que el pasado no determine por completo el porvenir del sujeto.
“Una cosa es participar de la propia historia y otra muy distinta es ser responsable del daño que otro decidió producir”, señalan referentes del ámbito clínico al analizar los efectos subjetivos de las agresiones.
Asimismo, persiste en el entramado social una asociación arraigada entre emocionalidad y vulnerabilidad vinculada al género. La exigencia histórica de sostener, cuidar y tolerar genera un costo psíquico que luego es interpelado cuando las personas expresan su agotamiento o reclaman asistencia profesional.
Organismos internacionales recuerdan que las condiciones sociales, la precariedad y la desigualdad moldean de manera directa el bienestar psicológico, por lo que la asistencia no debe considerarse un signo de debilidad sino una herramienta fundamental para la recuperación de la autonomía.




