La obsesión por los galeones hundidos y los tesoros perdidos en las profundidades del mar suele habitar el terreno de la ficción y las leyendas de los libros de aventuras. Sin embargo, para Germán Moro, esa fascinación se convirtió en una realidad tangible cuando, tras años de exhaustiva investigación en archivos históricos y travesías náuticas, logró dar con los restos de La Capitana, el legendario navío de la corona española naufragado en 1654 con miles de lingotes y monedas de plata provenientes de Sudamérica.
A tres décadas de aquel hito, el explorador argentino recuerda los pormenores de una odisea que combinó documentos antiguos, casualidades geográficas y complejas negociaciones con gobiernos latinoamericanos. Lejos de la imagen romántica que el cine suele imprimir sobre los cazatesoros, Moro advierte sobre los ribetes más complejos de esta actividad, donde la euforia del descubrimiento inicial suele dar paso inmediato a disputas legales, tensiones con el sector académico y los inevitables desvíos que genera la ambición humana.
Entre archivos de Sevilla y arrecifes olvidados
La gesta comenzó a tomar forma a principios de la década de 1990, cuando junto a su esposa se adentraron en el estudio de los legajos originales resguardados en el Archivo General de Indias, en España. Entre miles de páginas manuscritas y microfilmes, una pequeña y enigmática referencia geográfica encendió la pista definitiva. Las crónicas de la época indicaban que el navío siniestrado yacía a corta distancia de un punto bautizado coloquialmente por los lugareños como el 'negro', un arrecife sumergido frente a las costas de Ecuador que no figuraba en las cartas de navegación tradicionales.
“Buscar un barco hundido es un sueño, y el momento en que lo encontrás, la pesadilla comienza. Uno pasa de estar increíblemente contento a preocuparse por todo lo que viene después”, resume Germán Moro sobre el impacto de la fiebre del oro.
Tras sortear disputas mediáticas con expediciones paralelas, intereses cruzados y estrictos controles de la armada local, el equipo logró rescatar toneladas de piezas históricas y numismáticas que posteriormente fueron divididas con el Estado ecuatoriano. Hoy, con la experiencia acumulada de aquel suceso, el explorador encabeza una nueva fase orientada a dar con lo que califica como una flota entera, desafiando nuevamente las corrientes marinas y los dilemas éticos que rodean la arqueología comercial y la preservación del patrimonio cultural sumergido.




