La última función del capitán dejó una vez más en evidencia el contraste absoluto entre la jerarquía inigualable de un deportista único y las recurrentes falencias estructurales de los dirigentes que manejan el fútbol nacional. En una noche cargada de simbolismo en el estadio Monumental, Lionel Messi transformó el verde césped en su hábitat natural, aportando un rendimiento consagratorio que incluyó una anotación y dos asistencias para sentenciar el tres a cero frente a Benín. Sin embargo, el operativo montado alrededor de su figura generó un profundo malestar generalizado, transformando lo que debió ser una celebración perfecta en un motivo de debate sobre la gestión de la Asociación del Fútbol Argentino.
Desde el pitazo inicial, el encuentro mostró las dificultades habituales del combinado nacional para destrabar a rivales cerrados durante la primera mitad, pero el complemento destapó el repertorio táctico y técnico del mejor jugador del planeta. Tras una ejecución precisa desde el rincón que capitalizó Nicolás Otamendi, una participación clave en la gestación del tanto de Nicolás Paz y la posterior ejecución desde los doce pasos tras una infracción sobre Agustín Giay, el astro rosarino firmó una actuación memorable. No obstante, el brillo de su despedida contrastó duramente con el clima que se vivía en las inmediaciones y en sectores específicos de las gradas, donde las tensiones económicas y organizativas opacaron la magnitud histórica del evento.
Luces y sombras de una noche histórica
El descontento popular comenzó a gestarse mucho antes de que rodara el esférico, impulsado principalmente por los costos desmedidos de las localidades. Los valores prohibitivos de los boletos no solo condicionaron la composición demográfica del público presente en el coliseo de Núñez, sino que también abrieron la puerta a un mercado negro plagado de irregularidades. Múltiples simpatizantes denunciaron haber sido víctimas de estafas vinculadas a la comercialización informal, quedando varados en los anillos de seguridad sin la posibilidad material de presenciar un acontecimiento irrepetible para el deporte sudamericano.
Las críticas también alcanzaron al despliegue artístico posterior al cotejo. La presentación tecnológica de drones y luces, diseñada como broche de oro, sufrió interrupciones y cuestionamientos debido a la intromisión de pautas publicitarias inoportunas y un final abrupto que dejó sabor a poco entre los asistentes. La ausencia de la sorpresa musical anunciada inicialmente profundizó la sensación de improvisación institucional, un factor que derivó en cánticos de reprobación hacia la cúpula dirigencial encabezada por Claudio Tapia.
Más allá de las desprolijidades organizativas y el debate sobre los estándares que requiere una figura de semejante magnitud, el balance definitivo quedó anclado en la resistencia del juego por encima de las estructuras. La imagen del capitán con lágrimas en los ojos durante las estrofas del Himno Nacional, interpretado por un excombatiente de Malvinas, resume el vínculo indestructible entre el ídolo y una parcialidad consciente de estar presenciando el ocaso de una era irrepetible en los campos de juego del mundo.




