El cinturón hortícola platense sostiene un predominio histórico que parece desafiar las leyes de la propia economía rural. Investigaciones recientes de la Universidad Nacional de La Plata confirman que la región concentra más del setenta por ciento de la producción nacional de alcaucil, un porcentaje que los propios productores elevan hasta el ochenta o ochenta y cinco por ciento. Sin embargo, este liderazgo indiscutido convive con una realidad inocultable: la actividad se achicó de manera drástica en las últimas décadas y enfrenta desafíos estructurales que ponen en riesgo su continuidad a largo plazo.
La superficie dedicada a este cultivo en la Argentina ya no supera las ochocientas hectáreas, una cifra exigua si se la compara con los momentos de mayor expansión histórica, cuando el país llegó a cultivar entre cuatro mil quinientas y cinco mil hectáreas y se posicionó con relevancia en el mercado internacional. Aquella época dorada dio paso a un escenario de retracción donde el retroceso combina la caída sostenida del consumo interno con profundas transformaciones en la tenencia de la tierra dentro del cordón verde local. Las grandes superficies familiares que caracterizaron a generaciones de inmigrantes europeos fueron fragmentándose, dando lugar a productores más pequeños y, en muchos casos, a regímenes de arrendamiento que complican la planificación a mediano plazo.
Un cultivo artesanal acorralado por los costos y el clima
La complejidad de la producción agrava el panorama. El alcaucil es un cultivo exigente que demanda un alto componente de trabajo manual, recorridas permanentes por el lote y una escasa mecanización. La cosecha obliga a ingresar de forma sucesiva para seleccionar pieza por pieza en su punto justo de madurez, lo que dispara los costos operativos y deja a la actividad a merced de la disponibilidad de mano de obra. A estas dificultades estructurales se sumó esta temporada un factor climático adverso: tras un otoño inusualmente cálido, una seguidilla de heladas golpeó con dureza a las variedades tempranas, concentrando la salida de la mercadería hacia un período más acotado y presionando los precios a la baja justo en el tramo central de la cosecha.
Frente a este escenario, los productores intentan diversificar las estrategias comerciales para evitar depender exclusivamente de eventos tradicionales como la histórica Fiesta del Alcaucil. Iniciativas como el Camino del Alcaucil buscan tender un puente directo entre las quintas de Arana y Los Hornos, los restaurantes locales y el consumidor final, extendiendo el vínculo comercial durante toda la temporada. La apuesta apunta a reactivar la demanda y demostrar que detrás de cada flor hay un entramado productivo que necesita rentabilidad para sobrevivir. La Plata mantiene intacta su corona verde, pero el desafío urgente pasa por garantizar que seguir cultivando este emblema regional siga siendo un negocio viable.




