La reconfiguración del mapa político nacional vuelve a poner bajo presión a las estructuras partidarias tradicionales, y el PRO no es la excepción. El recente paso del expresidente Mauricio Macri por tierras jujeñas dejó al descubierto mucho más que diferencias discursivas respecto al rumbo económico de la administración actual; profundizó un cisma interno que amenaza con fracturar de manera definitiva al espacio fundado hace dos décadas. Entre reproches por la convocatoria, pases de factura por la estrategia territorial y la sombra de las negociaciones inconclusas con el oficialismo, la cúpula partidaria navega en medio de turbulencias crecientes.

El núcleo de la discordia radica en la indefinición táctica que mantiene el expresidente, quien pivotea entre los gestos de acercamiento a la Casa Rosada y las críticas solapadas al modelo libertario. La puesta en escena en Jujuy, organizada por dirigentes de extrema confianza del entorno macrista, funcionó como un catalizador del malestar interno. Mientras los sectores dialoguistas cuestionaron la escasa magnitud del evento y el impacto visual de una convocatoria reducida, los leales al núcleo duro justificaron la actividad como un cónclave estrictamente regional destinado a ordenar a la dirigencia del NOA. Las esquirlas de aquel episodio no tardaron en llegar a los despachos porteños, donde las facciones internas miden cada movimiento con la lupa de la especulación electoral.

La disputa por el alineamiento nacional y el rol de los negociadores

En paralelo a las tensiones territoriales, las tratativas formales con los representantes del oficialismo nacional atraviesan un momento de estancamiento absoluto. Las sucesivas mesas de diálogo encabezadas por los armadores legislativos no han arrojado avances concretos, alimentando el escepticismo de aquellos sectores que consideran inviable una fusión orgánica con La Libertad Avanza. Para los dirigentes que responden a las líneas económicas más ortodoxas, las diferencias programáticas e institucionales resultan insalvables, reduciendo cualquier entendimiento a una mera disputa por cargos y lugares en las listas que se aleja de las demandas ciudadanas.

"No creo que esa mesa de negociación consiga llegar a buen puerto. Tenemos diferencias irreconciliables, constitucionales y económicas", advirtieron desde el espacio opositor interno al evaluar el estado actual de las conversaciones.

Esta parálisis en el plano nacional reavivó los movimientos de contención dentro del espacio. La reaparición pública de figuras clave del armado original sirvió para ordenar el discurso de aquellos que reclaman autonomía partidaria y rechazan la absorción por parte del oficialismo. La necesidad de consolidar una alternativa electoral propia que compita en igualdad de condiciones en los próximos comicios se convirtió en la bandera de un sector que busca despegarse tanto de la polarización extrema como de los armados improvisados.

Fricciones distritales y proyecciones de cara al futuro

Los cortocircuitos no se agotan en la discusión macroeconómica o en el vínculo con la administración central, sino que replican sus efectos en los bastiones históricos del partido. Las tensiones por el armado en la Ciudad de Buenos Aires y la falta de respaldos explícitos a las ambiciones de continuidad en los distritos clave demuestran que el liderazgo interno enfrenta desafíos inéditos. Las críticas hacia los colaboradores más cercanos al expresidente por su presunta desconexión con los problemas territoriales evidencian un desgaste acumulado en la conducción cotidiana.

A medida que se acercan los plazos formales para la definición de alianzas y candidaturas, el partido amarillo transita una etapa de definiciones inevitables. La capacidad de arbitraje de su fundador se encuentra más cuestionada que nunca por sectores que exigen previsibilidad y un rumbo claro, mientras las distintas tribus internas continúan disputándose el control de la sigla partidaria en un escenario de creciente fragmentación política.