El mapa político de Sudamérica atraviesa una etapa de reconfiguración profunda marcada por el peso de los apellidos históricos y el regreso de los liderazgos de derecha a las más altas esferas del poder. El desempeño electoral de Flávio Bolsonaro en Brasil frente a la administración de Luiz Inácio Lula da Silva, sumado a la reciente llegada de Keiko Fujimori a la presidencia de Perú, pone de relieve un fenómeno tan singular como controvertido: herederos directos de exmandatarios marcados por procesos judiciales, condenas y periodos de detención logran capitalizar el descontento social para erigirse como opciones de gobierno. Ambas trayectorias reflejan no solo la persistencia de estructuras familiares consolidadas, sino también la capacidad de adaptación de los sectores conservadores frente a crisis institucionales y de seguridad que atraviesan la región.
En el caso brasileño, Flávio Bolsonaro asumió la posta de su padre, el exmilitar Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de veintisiete años tras ser hallado culpable de planificar acciones contra el orden constitucional luego de los comicios de 2022. Abogado de profesión y con una larga trayectoria legislativa en Río de Janeiro que comenzó en su juventud, el actual candidato presidencial supo diferenciarse de los perfiles más confrontativos mediante una estrategia orientada a tejer puentes institucionales con el Congreso y el poder judicial. Su discurso de campaña colocó el foco casi de manera excluyente en la seguridad pública, una demanda ciudadana prioritaria en los centros urbanos brasileños, y propuso medidas de tinte punitivista que incluyen endurecer las respuestas contra el delito y buscar canales diplomáticos con Washington para enfrentar el crimen organizado transnacional. De cara a la segunda vuelta prevista para el próximo veinticuatro de octubre, la promesa de impulsar una amnistía general para su padre y para los implicados en causas por intento de golpe de Estado articula tanto las demandas de la base partidaria como las tensiones latentes con las instituciones democráticas del país.
La persistencia dinástica frente a las crisis de seguridad en la región
Paralelamente, la experiencia peruana con Keiko Fujimori ilustra con nitidez las complejidades de los proyectos políticos arraigados en figuras tutelares del pasado reciente. Tras tres intentos fallidos por alcanzar la primera magistratura y un periplo judicial que incluyó varios meses de prisión preventiva en el marco de investigaciones por lavado de dinero que finalmente fueron desestimadas por el Tribunal Constitucional, la dirigente logró imponerse en el balotaje bajo el argumento de garantizar estabilidad, orden y crecimiento económico. Al igual que ocurre en territorio brasileño, el eje vertebrador de su propuesta se estructuró en torno al combate frontal contra la criminalidad urbana, un flagelo que desplazó a las tradicionales preocupaciones económicas en la agenda de la ciudadanía y que le permitió consolidar un caudal de votos decisivo en los sectores populares y medios. La figura de ambos candidatos demuestra que, pese a las profundas resistencias institucionales y los cuestionamientos sobre el legado en materia de derechos humanos de sus antecesores, las nuevas derechas sudamericanas encuentran en la memoria familiar y en la promesa de mano dura una fórmula eficaz para conectar con el malestar social imperante.




