La geografía urbana de La Plata guarda en sus esquinas más transitadas una memoria invisible que, de pronto, se hace presente cuando uno de sus protagonistas parte sin retorno. Las tradicionales peatonales del centro comercial, con sus históricas galerías y el fluir incesante de transeúntes, perdieron este miércoles a una de sus postales más entrañables. A los 61 años, fue hallado sin vida Sergio Fabián Montero, universalmente conocido como Pachu, el hombre que durante décadas desafió el paso del tiempo convertido en una estatua viviente sobre el asfalto platense.

Detrás del rostro y las manos rigurosamente pintados de blanco, de la inmovilidad estudiada frente a las vidrieras y del característico bastón de madera que regalaba al pasar, existía una biografía compleja marcada por los contrastes. La figura de Montero no se limitaba a la estática postal comercial que ornamentaba las esquinas de calle 8 o calle 12. Era, en esencia, el producto de una reconstrucción vital profunda, un artista que logró sobrevivir a sus propios abismos para reinventarse en el espacio público.

De la noche dorada a los excesos que marcaron un quiebre

Mucho antes de enfundarse en túnicas blancas y adoptar el silencio como oficio, Montero había conocido el vértigo de la bonanza nocturna. En la década de los ochenta, su nombre era sinónimo de producción de eventos en los reductos más emblemáticos de la movida local. Formado en el Conservatorio Gilardo Gilardi, con una destreza natural para el piano y una capacidad económica que le permitía manejar cifras inusuales para su juventud, su vida parecía encaminada hacia otro destino. Sin embargo, el ingreso de las drogas duras en su círculo íntimo quebró esa trayectoria y lo sumergió en una espiral de pérdidas materiales y afectivas de la que le costaría años salir.

El propio Montero reconocía sin filtros aquel derrotero que lo privó de consolidar una carrera musical formal, empujándolo hacia los márgenes. Fue en la década siguiente, en medio de apremios económicos y geográficamente radicado en Mar Alegre, donde halló la génesis de su alter ego artístico. Entre gestiones eclesiásticas para conseguir permisos municipales y la observación aguda del oficio callejero ajeno, nació el personaje que lo devolvería a su ciudad natal años más tarde, transformado en un referente indiscutido de las peatonales platenses.

Una presencia insustituible en el pulso cotidiano

El regreso a La Plata consolidó su perfil definitivo. Lejos de la impasibilidad clásica de las estatuas vivientes europeas, Montero imprimió a su creación una impronta marcadamente interactiva. Opinaba, interpelaba a los peatones, repartía chistes, golosinas y pequeños objetos de madera, generando tanto complicidades instantáneas como rispideces con aquellos que no toleraban su estilo frontal. Esa autenticidad sin red lo convirtió en un actor social de consulta, habitué de movilizaciones, defensor de los espacios culturales callejeros e incluso fugaz candidato político.

Los últimos años no habían estado exentos de profundos dolores, marcados por pérdidas familiares irreparables que golpearon su estabilidad emocional. Sin embargo, la figura de Pachu ya pertenecía al patrimonio cultural intangible de la capital bonaerense. Hoy, mientras las cuadras comerciales continúan su ritmo indiferente, la ausencia del hombre de blanco deja un vacío evidente en las veredas que eligió como hogar, recordando que la historia de la ciudad también se escribe con las marcas de sus personajes más singulares.