El paisaje cotidiano de las grandes ciudades argentinas refleja una transformación silenciosa pero profunda en las formas de subsistencia. Para miles de personas que quedaron atrapadas en la incertidumbre laboral, ya sea por despidos masivos o por la reestructuración de las condiciones de contratación, emprender un pequeño negocio propio o volcarse a la economía de plataformas ya no representa la concreción de un proyecto personal, sino la última alternativa para intentar llegar a fin de mes. A este mapa de vulnerabilidad se suman, de manera cada vez más frecuente, los jubilados que perciben el haber mínimo y se ven empujados a reconvertirse en choferes de aplicaciones de movilidad o repartidores, resignando horas de descanso y arriesgando su propia salud física en jornadas interminables.

Las cifras oficiales y los relevamientos académicos se encargan de ponerle dimensión cuantitativa a este fenómeno de precarización estructural. De acuerdo con un informe elaborado por la Universidad Nacional de Rosario a partir de los datos procesados por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, la tasa de informalidad laboral alcanzó al 45 por ciento de los trabajadores durante el segundo trimestre del año, marcando un fuerte contraste frente al 41,4 por ciento registrado sobre el cierre de 2023. El desglose de estos indicadores revela además que el 65,8 por ciento de los cuentapropistas urbanos desarrolla sus actividades en condiciones de total informalidad, careciendo de aguinaldo, vacaciones pagas, aportes previsionales y cobertura médica asistencial.

La transformación de las plataformas y el debate por la calidad del empleo

En el lapso de doce meses, el tejido productivo incorporó a cientos de miles de trabajadores informales que debieron procurarse ingresos por cuenta propia ante la retracción del mercado formal. Aunque la desocupación se ubicó formalmente en el 7,9 por ciento según las mediciones oficiales, el dato esconde una realidad inocultable: tener alguna ocupación precaria no garantiza de ningún modo la subsistencia ni el acceso a derechos laborales básicos. Desde las altas esferas del oficialismo se suele argumentar que la creación de puestos de trabajo continúa en marcha, contabilizando incluso las changas y el empleo no registrado como logros de la gestión económica, una lectura que omite deliberadamente la precariedad de esos ingresos y la imposibilidad de planificar el futuro.

Como contrapartida de este retroceso salarial y de la caída del empleo registrado en el sector industrial y comercial, las actividades vinculadas a las aplicaciones de transporte de pasajeros y reparto de alimentos experimentaron un crecimiento interanual estimado entre el 25 y el 30 por ciento. Lejos de constituir un síntoma de dinamismo virtuoso, estos números exponen una mutación forzada del mercado de trabajo. Quien hasta hace poco tiempo percibía un salario mensual garantizado en relación de dependencia, hoy depende de la cantidad de viajes que logre completar o de los pedidos que alcance a repartir en bicicleta o moto bajo cualquier condición climática. El interrogante central que sobrevuela el escenario macroeconómico apunta directamente a la calidad de los puestos que se generan y a la sostenibilidad social de un modelo donde la supervivencia queda librada exclusivamente al esfuerzo individual y a la buena fortuna de cada jornada.