Un vehículo de principios del siglo XX, ligado de manera directa a una de las estirpes más influyentes de la aristocracia terrateniente bonaerense, esconde una trama que cruza el lujo industrial británico con la mayor catástrofe naval de la historia moderna. El rodado en cuestión, un Rolls-Royce Silver Ghost fabricado en 1910, logró sortear el hundimiento del transatlántico británico acaecido en abril de 1912 por una circunstancia médica familiar fortuita, preservando hasta el día de hoy una travesía que marcó a varias generaciones.

La unidad perteneció desde su concepción a los Pereyra Iraola, apellido indisociable del desarrollo económico, político y urbanístico de la región capital de la provincia de Buenos Aires. Su extenso patrimonio abarcaba campos inmensos en lo que hoy constituye el partido de Berazategui, pero su influencia cultural y social se extendía con fuerza sobre La Plata y la ciudad de Buenos Aires. El encargo del automóvil respondió a una ambiciosa empresa familiar: organizar un periplo educativo por el Viejo Continente para los más jóvenes del clan.

Una travesía europea de un año y el destino cruzado con el transatlántico

La gestación del vehículo requirió de una coordinación logística propia de la alta sociedad de la Belle Époque. Tras su salida de la planta británica, la estructura fue derivada a Francia para recibir una carrocería tipo limusina adaptada a los requerimientos de comodidad y largos trayectos que exigía la familia. A mediados de mayo de 1911, la comitiva compuesta por miembros directos del clan, tutores, personal de servicio y un vehículo de apoyo emprendió un recorrido que abarcó desde París hasta Moscú, extendiéndose a lo largo de doce meses.

La unidad conservada por los descendientes no sólo mantiene su funcionamiento intacto y su kilometraje original, sino que se transformó en un archivo rodante de documentos de época que certifican su recorrido europeo y su posterior llegada a la Argentina.

El plan original contemplaba que el rodado fuera embarcado en el viaje inaugural del transatlántico insignia para retornar a América. Sin embargo, un embarazo en estado avanzado dentro del núcleo familiar derivó en la recomendación estricta de postergar cruces oceánicos. Esa decisión médica alteró los planes de embarque, marginando al automóvil y a sus pasajeros del trágico destino que sufrieron más de mil quinientas personas en las heladas aguas del Atlántico Norte.

El arraigo local y la resistencia a la venta de una reliquia

Una vez arribado a Buenos Aires meses más tarde, el vehículo cumplió funciones de traslado cotidiano y participó de dinámicas sociales propias de su estrato. Durante las décadas siguientes, el mantenimiento corrió por cuenta de especialistas enviados por la propia compañía fabricante, una muestra de la exclusividad que rodeaba a estos encargos particulares. Las instalaciones elegidas para su resguardo inicial se ubicaban en el centro porteño, en las inmediaciones de las residencias tradicionales de la familia.

Con el correr de las décadas, la unidad alternó su presencia entre exposiciones especializadas y desplazamientos dentro de los dominios rurales familiares. A pesar de las constantes ofertas económicas recibidas por sucesivas generaciones, la postura de los herederos se mantuvo inquebrantable respecto a la preservación del patrimonio. El automóvil continúa consolidado como un testimonio viviente de una época donde la movilidad internacional configuraba tanto una demostración de poder económico como una experiencia fundacional para las élites criollas.