El impacto de las producciones audiovisuales basadas en hechos reales vuelve a colocar bajo la lupa las dinámicas de poder y control ejercidas en el interior de las instituciones religiosas de clausura. La reciente miniserie Cautiva reavivó el debate público sobre lo ocurrido en el Carmelo de Nogoyá, el monasterio entrerriano donde la Justicia determinó la responsabilidad penal de la ex superiora Luisa Toledo por privación ilegítima de la libertad agravada por violencia y amenazas. Lejos de tratarse de un caso aislado, los testimonios de quienes lograron salir exponen un entramado de reglas estrictas, aislamiento y desarraigo que operaba puertas adentro.
Evelyn Garay transitó su ingreso a la comunidad religiosa en el año 2002 y permaneció allí durante poco más de tres años. Radicada actualmente en Valencia, España, donde ultima los detalles de un libro autobiográfico sobre aquellos años, reconoció que las escenas proyectadas en la pantalla chica guardan una profunda similitud con su propia experiencia cotidiana. Según explicó, las normas de convivencia no contemplaban matices ni excepciones, y el silencio absoluto funcionaba como el principal ordenador de la rutina diaria, impidiendo cualquier posibilidad de construir vínculos genuinos de confianza o contención con sus pares.
“Sigue generando dolor. La serie nos está removiendo a todas las que pasamos por ese lugar. Los detalles que no son reales son mínimos”, afirmó Evelyn Garay al recordar su paso por la congregación religiosa.
La dinámica interna del monasterio se sostenía mediante un rígido sistema de votaciones internas tanto para los ingresos como para las partidas. Quienes manifestaban el deseo de abandonar la orden debían atravesar un circuito burocrático y espiritual que anulaba el contacto con el mundo exterior. En el caso de Silvia Alvarenque, una de las compañeras de noviciado de Garay, la salida se concretó únicamente cuando su estado de salud física llegó a un límite crítico tras atravesar episodios de extrema vulnerabilidad psicológica.
El control de los vínculos y la falta de autonomía personal
Durante su estadía, el control sobre la correspondencia familiar y la restricción de salidas constituyeron herramientas fundamentales para limitar la autonomía de las aspirantes. Garay recordó que las comunicaciones epistolares eran supervisadas y, en muchas oportunidades, dictadas por las autoridades de la congregación para moldear la relación con sus allegados. Del mismo modo, la atención médica básica presentaba falencias sistemáticas, al punto de transcurrir años sin controles ginecológicos elementales, una ausencia que dimensionó con crudeza una vez recuperada la libertad.
El proceso de reinserción en la sociedad exigió un esfuerzo profundo para reconstruir la confianza en la propia capacidad de decisión. Tras distanciarse definitivamente de la Iglesia Católica motivada por la revelación de múltiples denuncias de abusos en distintas estructuras eclesiásticas, Garay resignificó su fe y su vínculo con la espiritualidad. Hoy, alejada de los dogmas que marcaron su juventud, sostiene que la libertad individual debe garantizar siempre el derecho elemental a cuestionar las reglas que condicionan la existencia.




