El testimonio de Iair Horn resurgió con fuerza en Buenos Aires, a casi diez mil kilómetros de los oscuros laberintos de cemento y tierra donde pasó 498 días privado de su libertad. Criado en el barrio porteño de Villa Crespo, hincha ferviente de Atlanta y con raíces profundas en la comunidad judía local, Horn se convirtió en una de las voces más directas y crudas sobre la masacre perpetrada por Hamas en el kibutz Nir Oz. Durante su paso por la Legislatura porteña, donde fue declarado huésped de honor, repasó los detalles más escalofriantes de su secuestro, una experiencia marcada por el aislamiento, el terrorismo psicológico y una estrategia mental límite para evitar la locura.
La pesadilla comenzó en la madrugada del 7 de octubre de 2023, cuando las alarmas habituales de la zona dieron paso a una incursión terrorista sin precedentes. Eitan, su hermano menor, se encontraba de visita para celebrar la festividad de Simjat Torá. Tras escuchar los primeros disparos y gritos en la comunidad agrícola de 400 habitantes, los hermanos intentaron resguardarse en una habitación de seguridad. Sin embargo, los atacantes dispararon contra la puerta, obligando a Iair a salir con las manos en alto para proteger a su familia. En ese instante comenzó un periplo brutal que lo trasladó en moto por la Franja de Gaza en medio de agresiones tumultuarias, hasta sumergirlo en una red subterránea que describió como el laberinto más hostil imaginable.
La estrategia del vacío y el horror psicológico en los túneles
Lejos de mitigar el sufrimiento, los meses bajo tierra estuvieron definidos por condiciones extremas de supervivencia y una constante presión psicológica. Horn explicó que su principal mecanismo de defensa fue la aceptación radical de su destino, asumiendo una especie de muerte simbólica para que cada día subsiguiente representara una ganancia. En los reducidos espacios donde apenas podía abrir los brazos y donde el aseo personal se reducía a una vez al mes, la violencia física ocupó un plano secundario frente a las amenazas cotidianas de muerte y los vejámenes constantes, como el corte deliberado de su cuero cabelludo con una navaja durante un supuesto servicio de barbería.
A pesar de la magnitud de la tragedia personal y comunitaria —donde una cuarta parte de los habitantes de Nir Oz fueron asesinados o secuestrados—, el testimonio de Horn evita caer en el rencor generalizado, prefiriendo enfocar sus energías en la divulgación y en el acompañamiento a las familias afectadas. Tras el reencuentro con su hermano Eitan en cautiverio y su posterior liberación, el regreso a la cotidianejidad se resignifica en los detalles más mínimos, como elegir una prenda de vestir o disfrutar de una milanesa napolitana en Buenos Aires, mientras el proceso de reconstrucción de su comunidad en Israel avanza lentamente entre los recuerdos imborrables de la pérdida.




